El
hombre en cuestión estaba bebiendo, apoyado pesadamente contra la barra pegajosa
del bar, en silencio, donde se oía de fondo la retransmisión de un partido de
fútbol y algún que otro murmullo a su derecha, proveniente de una pareja
instalada al fondo de la estancia.
Pensaba
en su mujer y en el trabajo que acababa de perder.
No
había sido una sorpresa: el capataz le había llamado varias veces la atención por
llegar tarde, por perder las herramientas, por escaquearse en los descansos y
no aparecer el resto de la jornada. En fin, que para todo el mundo aquello era
merecido. Él se lo había buscado, decían.
Sin
embargo, el hombre en su interior se justificaba y exoneraba de toda culpa.
Estaba harto; lo habían tratado como a un esclavo, y un largo etcétera.
Su
corpachón estaba reclinado casi por completo hacia delante cuando el camarero
de turno le dijo que iban a cerrar.
Yo
me encontraba a varios metros de allí, coqueteando con uno que se había
instalado a dormir bajo la escalera de incendios, pero el asunto no iba a
llegar a nada. Su corazón se negaba a aceptarme. En fin.
Cuando
daba la media vuelta en busca de otro cliente más receptivo, lo vi saliendo del
bar, tambaleante y con el rostro congestionado por el alcohol.
Me
detuve y aspiré su olor desde donde yo me hallaba escondida. Sí, recordé que ya
le había mandado un mensaje meses atrás, pero sin resultado. Ah, sí.
«Eres
mío.» Pensé.
Me
acerqué sonriente y le hice un guiño desde las sombras. Él miraba al frente
parpadeando confuso, restregándose los ojos, hasta que pudo enfocarlos en
mí.
Comenzó
a jadear y sudar al tiempo que se apoyaba en la pared, y yo simplemente esperé.
En mi oficio es muy importante ser paciente, perceptiva y oportuna. Sin
forzar los acontecimientos. Éstos, tarde o temprano, llegan solos.
El
individuo se estaba doblando en dos de dolor.
Un
gato callejero que hurgaba entre la basura interrumpió su búsqueda y salió
disparado hacia arriba por la escalera de incendios. Astuto gatito. No era
cuestión de gastar una de sus siete vidas por un despiste.
Cuando
comenzaron los estertores, preparé la soga y los nudos. Éste era un alma gorda
y pesada; daría un poco de trabajo el descenso.
La
necedad es algo muy serio entre los humanos; ellos no lo saben, y eso forma
parte de su estupidez.
Mi
advertencia anterior había sido inútil: la foto que había comenzado a quemarse
mientras él cerraba un negocio turbio con alguien.
Se había limitado a tirar las cenizas sin más.
Se había limitado a tirar las cenizas sin más.
Todo
el mundo sabe que una foto quemada es un preludio de mi visita.
Un
charco de agua sucia reflejó por un instante la visión antes de alejarme de
allí con el botín recién conseguido: mi rostro de huesos amarillos envuelto en
velos grises y negros.
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