domingo, 27 de septiembre de 2015

Raíces, historia familiar: viajeros sin fronteras

Mis abuelos maternos emigraron de Italia buscando una vida mejor: la encontraron en Argentina. Mis abuelos paternos hicieron lo mismo, desde España. Mi familia y yo hemos repetido la historia: emigramos de Argentina a la tierra de mis abuelos, también en búsqueda de aquello que no encontramos en nuestra tierra natal.
¿Coincidencia? ¿Casualidad? ¿Mala suerte compartida? No lo veo de esta manera. Creo que la historia de la humanidad es una historia de viajes y búsquedas, aunque haya gente que no haya salido jamás de su pueblo... También tengo la convicción de que en nuestros genes, en nuestro "ADN" no solo llevamos el color de pelo y ojos heredados de nuestros abuelos o padres, sino que también heredamos sus historias, sus pasiones, sus ideas, sus sueños frustrados, sus luchas y sus logros...
Cuando por la mañana o por la tarde contemplo la línea del mar, este mar casi recién descubierto por mis ojos, experimento algo raro, una especie de nostalgia, y sé que es una emoción antigua, que viene de muy lejos... ¿Nunca les ha ocurrido algo así? A mí muchas veces.
Recuerdo a mi bisabuela genovesa, Catalina, la madre de mi nono, huérfana y criada por las monjas, que de niña pusieron en un barco junto con un niño también huérfano, con la idea de casarlos de mayores, pues las monjas pensaban que en Argentina había solo indios... El niño no acabó el viaje: murió en el trayecto.
Recuerdo a mi bisabuelo napolitano, Lucio, el padre de mi nona, quien puso su nombre a la bebé que sus amigos le prometieron para casarse, Lucía, y así ocurrió; el bisabuelo del que las malas lenguas susurraban que había viajado a Argentina escapando de la camorra... Según decían, nunca lo vieron trabajar, y viajaba con frecuencia a Italia trayendo dinero...
Recuerdo a mi abuelo zamorano, el padre de mi papá, alto, moreno y cuyos ojos verdes se presienten en las fotografías en blanco y negro. Era el mayor de diez hermanos; viajó a Argentina buscando la prosperidad que no encontraba en su tierra, a la que no pudo regresar nunca. No lo conocí: tenía 48 años cuando murió, y dejó a mi papá huérfano siendo un niño de 8 años.
Tengo la certeza de llevar en cada una de mis células todas sus historias, sus alegrías y sus tristezas... Desde no hace mucho tiempo me estoy reconciliando con mi historia familiar, con sus sombras a veces incomprensibles para mí. Nos ocurre a todos, y creo que esta reconciliación, esta aceptación amorosa y compasiva con las vivencias que al final descubrimos que no han podido vivirse de otra forma, es el único camino para ser más libres, y más comprensivos con las historias ajenas también.
Comparto una fotografía donde mi hermano y yo estamos en la casita que mi nono (mi abuelo materno) se construyó en una isla llamada "Arroyo Leyes", cerca de mi ciudad natal, Santa Fe.




Atardecer desde la ventana...

¡Feliz domingo!
Setiembre se está despidiendo con unos atardeceres preciosos...
(Las fotografías son de ayer sábado a una de mis horas preferidas).