Era
un problema. Su marido se había dejado manipular por los pucheros y rezongos de
su pequeña hija, y de un día para el otro, sin consultarlo con ella, había
aparecido con un gato bajo el brazo. Mejor dicho: con el gato trepado a la
camisa, llenándolo de pelos y porquería de la calle.
A
ella no le gustaban los gatos. Los animales estaban bien de lejos, cada uno en
su función: el gallo en el gallinero, la vaca en el campo, los perros haciendo
guardia fuera de las casas. En todo caso, si había que tener un gato, sería en
algún sitio donde hubiese ratones para cazar. Su marido lo sabía. No era un
secreto para nadie. ¿Qué pensaba, eh? ¿Que por traer un cachorro ella se iba a
enternecer? ¿Que lo haría para satisfacer el capricho de su hija?
Se
lo dijo con total claridad: el gato sería asunto de él; ella no quería tenerlo
cerca.
A
partir de entonces, se libró una guerra fría y silenciosa entre ambos por el
dichoso animal. Mejor dicho: su marido ignoraba las miradas de reproche y ella
no perdía ocasión para quejarse del intruso de cuatro patas.
Su
hija de diez años parecía ignorar lo que ocurría entre los adultos, y cuando
volvía del colegio lo primero que hacía era buscar al gato para hacer esas
tonterías que suelen hacer los niños con sus mascotas.
Ya
se cansaría, sobre todo cuando tuviese que limpiar todos los días la bandeja y
cambiar la arena, llenar el recipiente de agua a diario, la comida, vestirse
con la ropa cubierta de pelos de gato; ah sí, porque su padre, con la excusa
del trabajo, había dejado estos detalles del cuidado del animal en manos de la
niña.
Por
fin llegó la ocasión que estaba esperando: la mudanza. Hacía meses que habían
decidido comprar una casa en la capital, coincidiendo con el traslado de la
empresa de su marido y el final de curso de su hija, para evitar un retraso en
sus estudios.
Perfecto.
Una noche, tres días antes del viaje, arrinconó a su cónyuge en la habitación y
le exigió que se deshiciera del gato. Sería un estorbo; no podían llevárselo;
ella ya había aguantado bastante. Además, la niña en el otro colegio estaría
todo el día fuera de casa: ¿quién iba a hacerse cargo del animal?Finalmente, él cedió. Al día siguiente, tras dejar a su hija en la escuela, llevó al gato camino al trabajo y lo arrojó junto a la carretera.
Aquella
noche ella durmió feliz; un problema menos. De la niña se encargaría al día
siguiente, cuando le diera la noticia de que el gato «se había escapado».
Todo
transcurrió según lo planeado. Su marido se deshizo del animal, y por la tarde
ella tuvo que soportar el llanto desconsolado y los reproches de su hija. Ya se
le pasaría cuando se mudasen a la casa nueva.
Se
trasladaron un sábado, tras varias horas de viaje en coche, y llegaron a su
flamante hogar por la noche, alrededor de las diez. Decidieron dejar las cajas
sin abrir y acostarse temprano para dedicarse a acomodar todo al día siguiente.
Algo
la despertó de repente. Sonaba como si alguien estuviese rascando la pared
junto a la cabecera de la cama. La ventana tenía las persianas subidas,
permitiendo que la luz de la luna entrase en la habitación. No necesitaba
encender la lámpara; aunque eso no era un problema, ya que su marido dormía
como un tronco. Prestó atención: se oía de lejos el ruido del tráfico, nada
más.
Volvió
a apoyar la cabeza sobre la almohada y cerró los ojos. Al poco rato, otra vez: «Crrrrr,
crrrr, crrrr.» Era un sonido horrible, como al pasar las uñas sobre una
pizarra. Y lo sentía muy cerca, junto a su cabeza. ¿Estaba soñando quizás?
Sabía
que era una tontería, pero por las dudas se pellizcó el brazo. No; no era un
sueño.
Otra
vez: «crrrrr, crrrr, crrrr.»
Sacudió
el hombro del durmiente, y éste sin abrir los ojos preguntó qué ocurría. Ella
le dijo que alguien estaba rascando la pared al otro lado del dormitorio.¿No oía aquel ruido espantoso?
Él entreabrió los ojos y prestó atención.
En ese momento ella volvió a escucharlo: « ¡ahí está!»
Su marido meneó la cabeza y dijo que seguramente era por el ambiente nuevo, que intentase conciliar el sueño. No oía nada extraño.
«Está bien» pensó, y volvió a acomodarse para dormir, pese a un hormigueo interior de inquietud que no conseguía aplacar.
«Crrrr,
crrrr, crrrr.»
De
un salto se levantó y encendió la luz. Cogió también una linterna que había
dejado a mano (se enorgullecía de ser muy previsora) y salió al pequeño jardín
lateral que rodeaba la pared del dormitorio en el exterior. Una planta de
jazmín estrellado cubría gran parte de la superficie, así que palmo a palmo
enfocó el haz de la linterna revisando la zona desde donde provenía aquel sonido.
No se veía nada raro; se acercó más, e inclinándose apoyó la mano allí mismo.
Pasados varios minutos, y sintiéndose un poco tonta, volvió al interior, esta vez para hacerse una tila.
Apoyada en la mesada de la cocina, mientras bebía lentamente la infusión, regresó el odioso sonido: «Crrrr, crrrr, crrrr.»
Fue
a buscar a su marido, lo arrastró fuera de la cama y lo llevó allí, mientras
insistía en que oyese aquello que en aquel momento sonaba desde detrás de la
pared junto a la nevera: « ¿Cómo era posible que no lo estuviese oyendo?» « ¡No;
ella no estaba sugestionada! ¡Era real!»
Sus
gritos despertaron a la niña, que apareció en el umbral descalza y abrazando
una manta rosa contra su pecho. La manta del gato desaparecido. Su hija tampoco
oía nada.
« Estás
rara, mamá.»
La
mujer se echó a llorar, oyendo todo el tiempo el chirriar de unas uñas sobre
una superficie áspera. El padre le buscó un valium y finalmente consiguió
meterla en la cama.Aquel fue solo el comienzo de una pesadilla que la mantenía atrapada en la vigilia, por la noche, a todas horas.
Su
marido la llevó a un especialista; le hicieron una revisión exhaustiva y no
hallaron nada. Sus oídos estaban sanos; su sistema nervioso también. La
conclusión era que quizás el problema se hallaba en su mente.
Así
que acudió a la consulta de un psiquiatra. Nada ni nadie podía liberarla de aquel sonido; solo recibía una tregua a su tortura cuando las pastillas la dejaban prácticamente inconsciente un par de horas diarias.
No estaba loca, al contrario de lo que todo el mundo pensaba; pero si continuaba así, seguro que perdería la cordura de verdad.
Pusieron la casa en venta y se mudaron a un piso en una zona céntrica.
Fue en vano. Allí también oía aquello sin cesar.
Entonces
una madrugada tuvo la revelación: era el gato. El maldito sonido lo provocaban
las uñas del gato como cuando ella lo dejaba afuera, y el animal rayaba la
puerta pidiendo entrar.
Se
lo dijo a su marido, y él le confesó que no era posible aquello. El gato estaba
muerto. Él había visto cómo era atropellado por un coche, minutos después de
haberlo abandonado en la cuneta de la carretera. No era posible. No. No. No.
Él era el responsable de todo aquello: había traído al gato infernal a sus vidas. El hombre con quien se había casado se estaba transformando en un extraño, en un enemigo. Hasta su rostro estaba cambiando.
Quizás él mismo provocaba aquel sonido para volverla loca.
Él sabía la verdad. Él tenía un plan, y lo estaba llevando a cabo.
Una
madrugada ocurrió lo inevitable. Ella esperó hasta oír sus ronquidos, y luego
se levantó (con el «crrrr, crrrr» sonando sin parar en su cabeza) fue al baño,
abrió su neceser y cogió las tijeras que usaba para cortar el flequillo de la
niña. Luego regresó al dormitorio, se inclinó sobre el hombre dormido de
espaldas, y clavó con todas sus fuerzas las tijeras en su garganta.
Todo
se puso perdido en sangre. Alguien lo limpiaría más tarde.Estaba muy cansada. Se recostó sobre la colcha, al lado del cuerpo que aún se estremecía; solo un poco, cada vez menos; y utilizó las tijeras por última vez.
Así los halló su hija la mañana siguiente.
Cuando
la llevaron a vivir con sus tíos la niña se puso contenta. Allí había perros y
gatos. Iría a la escuela con sus primos. Era guay.
Claro
que tenía una cuenta pendiente. Cuando sus padres se deshicieron del pequeño
gatito que tanto amaba, ella una noche, con la manta de su mascota abrazada a
su pecho, había suplicado a Dios que enviase un castigo a su madre, un castigo
de verdad.
Dios
no respondió a su plegaria.
Sin
embargo, alguien más la había escuchado. Era Satanás.Él siempre ha tomado muy en serio los deseos de algunos niños.
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