«Dicen que la noche de San Juan, los umbrales que conectan
otros mundos con este se abren por única vez en el año, y entonces cualquier
cosa puede ocurrir.»
Úrsula había leído algo así en algún sitio, aunque como ya
había cumplido los quince, sabía que eran cuentos de viejas.
Para ella esa noche sería la «gran noche»: por fin diría que
sí a Joaquín y perdería su virginidad.
Se puso un escueto short, su camiseta preferida y unas gotas
del perfume de su madre. Listo. Luego se dirigió andando hacia la playa donde
se reuniría con su grupo de amigos del instituto.
Suponía que no tardarían en estar todos borrachos, entonces
Joaquín y ella buscarían algún sitio apartado entre las dunas para pasarlo
bien.
El plan comenzó a torcerse mientras encendían su propia
hoguera: los varones del grupo
se quedaron con la boca abierta al acercarse a ellos cinco chicas
extranjeras, quizás alemanas, vestidas con falditas muy cortas y largas
cabelleras rubias, y que a juicio de Úrsula parecían estar colocadas, por las
risitas tontas que lanzaban sin parar.
Primero se sintió incómoda. Después su molestia fue en
aumento al comprobar que su novio estaba borracho y aquella noche no ocurriría
nada de lo planeado.
La mayoría del grupo se había metido en el agua,
casi todos semidesnudos y haciendo tonterías. Úrsula se inquietó un poco, pero su atención
se hallaba volcada en Joaquín y una de las rubias.
Si no hubiese estado tan enfadada, habría prestado atención
a aquellos que se alejaban demasiado de la orilla. O al hecho de que poco a
poco el resto de las hogueras iban quedando vacías.
Ella no había bebido mucho, aunque de repente se sintió muy
cansada. Así que se recostó en la arena tibia para cerrar los ojos un rato.
La despertó el silencio. Se incorporó restregándose los
ojos, y se dio cuenta de que se había quedado dormida.
¿Qué hora sería? Todavía era de noche, y los restos
moribundos de la hoguera alumbraban lo suficiente a su alrededor para notar que
sus amigos no estaban allí.
¿La habían dejado sola? Volvió a mirar, sin poder creérselo
del todo.
¿Y Joaquín?
Se puso de pie para buscarlo, embargada por una extraña
inquietud al comprobar que no había nadie. La playa estaba desierta, con varias
hogueras encendidas aún.
¿Qué había ocurrido?
De pronto el viento trajo el sonido de risas provenientes de
las dunas.
Se dirigió hacia allí despacio; un sexto sentido la hizo
guardar silencio y moverse sin hacerse notar.
Eran las extranjeras. Estaban desnudas, sumergidas en el
agua hasta la cintura, y Úrsula notó que a la luz de la luna sus cuerpos
brillaban con un extraño resplandor. En aquel momento arrastraban a alguien que
parecía resistirse, llevándolo mar adentro.
Espantada la joven reconoció el rostro pálido y desencajado
de Joaquín.
Sin pensar en nada, corrió hacia ellos gritando y agitando
los brazos.
Una de las jóvenes le salió al encuentro para retenerla
mientras las demás se llevaban a su novio hasta desaparecer con él bajo las
olas.
Mientras ella lloraba y suplicaba, el rostro de su captora
comenzó a cambiar: sonrió mostrando pequeños dientes puntiagudos, y sus ojos se
transformaron en los de un reptil. Úrsula notó que unas garras afiladas como
cuchillos se clavaban en sus brazos y los desgarraban mientras tiraban de ella
arrastrándola hacia el fondo, y poco antes de hundirse en la inconsciencia,
notó que algo escamoso y frío la rozaba.
Al día siguiente los pescadores hallaron solo rescoldos y
latas de cervezas vacías.
Algunos de ellos se santiguaron antes de llevar sus barcas
al agua.
Sabían que había tumbas nuevas en el mar.
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Piratas del Caribe |
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Piratas del Caribe |
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Grabado siglo XIX |
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D. Isidoro |
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Hoguera de San Juan |
Muy bueno, Fabiana. Me encantó el manejo del suspenso durante toda la trama, genial.
ResponderEliminar¡Saludos!
Muchas gracias por tu comentario, Juan Esteban,
Eliminar¡un abrazo!