La
chica no tendría más de dieciséis años, y todo indicaba que se había escapado
de casa. Era la peor hora y el peor sitio para hacer autostop: en la carretera,
en mitad de la nada, al mediodía de un jueves 4 de julio.
El
conductor, meneando la cabeza interiormente, detuvo el coche unos metros más
adelante, y vio que la joven se encorvaba bajo el peso de la mochila. Ésta
seguramente pesaba más que su dueña, quien no superaría los cuarenta y cinco
kilos.El hombre esperó a que subiese al coche ocupando el asiento del copiloto, y sin disimulo recorrió con la mirada los brazos desnudos de su acompañante: no llevaba tatuajes ni se notaban marcas de pinchazos. Aunque por su extrema delgadez y el rostro demacrado parecía sufrir alguna enfermedad, o quizás simplemente estaba hambrienta.
Al
hacerle un par de preguntas ella solo dijo que se dirigía al norte porque allí
tenía parientes; luego apoyó la cabeza contra la ventanilla y cerró los ojos
sin más.
El
conductor suspiró; debería conformarse con eso. Se concentró entonces en la
carretera prácticamente vacía, ya que a esas horas todo el mundo estaba
participando de los festejos del día de la independencia.
Al
atardecer decidió repostar en un motel junto a la gasolinera ubicada en la
autovía transversal: ya había acudido varias veces allí y le gustaba; era un
sitio apartado y discreto.
La
chica aún dormía. El hombre frunció el ceño preocupado: ¿había cometido un
error al recogerla? Ya era demasiado tarde para arrepentirse, así que tras
aparcar la sacudió por el hombro levemente para despertarla. Tuvo que repetir
el gesto hasta que por fin ella abrió los ojos.
Ambos
comieron hamburguesas poco hechas; la joven bebió coca cola y él pidió cerveza.
Luego el conductor le anunció que pasarían allí la noche, en una habitación del
motel. La joven se mostró un poco aturdida con la noticia, pero no protestó.
Más bien hizo un gesto de aceptada resignación; era evidente que de alguna
manera se lo esperaba.
A
esas alturas sabía que nada era gratis. Por lo menos el hombre no tenía aspecto
de maníaco.
El
conductor llevaba su equipo en una bolsa de deporte: esparadrapo, cuerda, una
navaja y cinta adhesiva.
Sospechaba
que esa noche el «trabajo» resultaría demasiado fácil; se sentía levemente
decepcionado, pero aquello era lo único que había podido conseguir aquel día.
Ya
en la pequeña habitación el hombre ordenó a la chica que tomase una ducha;
mientras tanto él hizo los preparativos: cubrió el colchón con plástico, ató
las cuerdas a los barrotes de la cabecera y dejó la navaja sobre la mesilla de
noche.
Cuando
la joven salió del baño todo fue muy rápido: no tuvo tiempo ni de gritar.
Con
horror vio cómo la navaja abría su vientre con pasmosa facilidad y a
continuación las manos desnudas se hundían en la herida para sacar los trofeos
aún palpitantes y calientes.
Lloró
y suplicó en vano. Mirando aquellos ojos que no parecían humanos supo que la
agonía antes del final sería insoportable.
Poco
después de la medianoche, nadie vio cómo una silueta menuda salía
tranquilamente del motel y se subía a un coche; cómo ajustaba el asiento del
conductor a su corta estatura y finalmente se perdía en la oscuridad.
No
hubo testigos: todos estaban celebrando el 4 de julio.
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Carretera al infierno |
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Carretera al infierno |
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On the road |
Muy bueno, Fabiana, interesante vuelta de tuerca del final.
ResponderEliminar¡Saludos!
Muchas gracias Juan Esteban por tu comentario, un abrazo.
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