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película The guardian |
Calma chicha durante varias horas. El mar semejaba a un inmenso espejo negro inmóvil, en suspenso.
«No
me gusta» pensó el hombre curtido en diez mil travesías como aquella. Se
acercaban las tres de la mañana. Mal asunto. Sus compañeros y él mantenían las
redes echadas desde la tarde anterior.
El
mar continuaba sin moverse.
El
primer latigazo llegó del este. Un repentino fulgor blanco, y a continuación
otro y otro.
No
tuvieron tiempo de recoger las redes. El sonido que oyeron de repente fue
espantoso: un aullido sobrenatural perforando el aire, que se llenó de chispas
eléctricas.
El
cielo ya no era negro: se había transformado en una terrorífica llamarada
naranja, cargada de furia.
Los
tres pescadores lo supieron entonces: esa noche sería la última de sus
aventuras. Iban a morir. Aunque no lo harían sin oponer resistencia; se
aferraron con todas sus fuerzas a lo que el viento y la tormenta aún no habían
destrozado o hundido.
A
ciegas y prácticamente sordos por el rugido constante del viento, presintieron el
golpe de gracia: una ola gigantesca que los arrojó con fuerza a las entrañas
del mar.
Uno
de ellos, antes de caer en la inconsciencia, lo sintió: algo cogió su brazo y
tiró con fuerza.
El
segundo pescador lo escuchó: por encima del ruido de la tormenta, alguien lo
llamaba por su nombre.
El
tercer pescador lo vio: algo nadaba entre ellos, y creyó que se trataba de un
delfín, hasta que una larga cabellera
apareció flotando entre la espuma.
Sus
cuerpos fueron arrojados a la orilla.
Poco
antes del amanecer, la tormenta se marchó tan rápido como había llegado.
Por
un instante, una sombra femenina se proyectó en la arena mojada de la playa
antes de desaparecer.
Al volver en sí, los tres hombres solo recordaban algo: un
par de ojos azules, del mismo color que las aguas profundas del mar.
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Titanic |
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