Quiero antes decir que las historias de terror o drama que más me logran estremecer, son las que tienen como protagonistas a los niños.
Este breve relato está inspirado en un episodio fugaz que escuché mientras andaba por la calle: el grito de un adulto y a continuación, el llanto de un niño.
Toda
su infancia estuvo marcada por palos y gritos. Su hermano mayor era más fuerte
y más rápido que él, de este modo escapaba a la furia de los adultos con
facilidad; pero no era su caso.
Él
era pequeño y enclenque, y su sola presencia parecía exacerbar la frustración
en la que vivían sus padres.
Los
insultos solían estar acompañados por bofetadas o azotes con el cinturón.
Se
sabía la letanía de memoria: «vago, inútil», «porquería, basura», «no sirves
para nada», «ojalá no te hubiese parido», «engendro del diablo»...
Cuando
iba a parar al hospital, también conocía al dedillo las respuestas que debía
dar a los médicos: «me caí jugando», «tropecé y resbalé», «no vi el escalón».
Condenado
a aquel infierno, sus únicos momentos de solaz eran por la noche, cuando en la
habitación a oscuras hablaba durante horas con su amigo secreto. Este no le
hacía reproches ni se burlaba de él. Lo escuchaba con atención; lo comprendía.
El
día que cumplió nueve años, el regalo que recibió de su padre fue una brecha en
la cabeza que no dejaba de sangrar, y una súbita revelación: hiciera lo que
hiciera, ellos nunca lo querrían. Jamás.
Aquella
noche compartió sus pensamientos con el amigo secreto, y como en todos sus
encuentros, este los recogía, así como el dolor de la herida, de las
magulladuras y los sentimientos de rabia e impotencia, y lo guardaba todo en su
saco invisible.
El
niño a menudo le preguntaba qué hacía con aquello; ¿no era mejor tirarlo a la
basura?
La
respuesta era siempre la misma: el amigo secreto sonreía y decía que ya le
encontraría alguna utilidad.
Lo
que podía asegurar el pequeño herido era que tras hacer eso con sus cosas malas
y tristes, él se sentía mucho mejor. Más fuerte y animado.
Por
este motivo no pudo negarse cuando el amigo secreto le pidió algo a cambio por
primera vez. No sabía en qué consistía, solo que se trataba de una cosa que
debería hacer cuando cumpliese los quince años.
Dio
la mano al amigo secreto para sellar la promesa, y al estrecharla la notó muy
fría. Estaba acostumbrado a esas rarezas.
Cuando
por fin llegó aquel día, al cumplir los quince no era mucho más alto que a los
nueve. La única diferencia era que su cara se había llenado de granos,
provocando mayor rechazo en los adultos. Las palizas se multiplicaban.
Esa
misma noche el amigo secreto reclamó el cumplimiento del pacto, y le explicó
que no debía hacer nada especial; tan solo prestarle un rato su propio cuerpo.
El adolescente aceptó sin entender a qué se refería.
Despertó
en un sitio desconocido, hecho un ovillo en el suelo sucio, junto a la entrada
de un bar al borde de la carretera.
Tenía
cortes en ambas manos y le dolía todo el cuerpo.
Una
mujer se apiadó de aquel niño flaco de rostro triste, así que lo hizo entrar al
bar y le dio de comer.
Había
poca gente allí, y todos comentaban la noticia que acababan de oír por la
radio.
«Los
cadáveres estaban decapitados». «Se trataba de un matrimonio y su hijo menor,
cuyo cuerpo aún no ha sido encontrado».
Él
comprendió allí mismo que el plan había funcionado.
La
camarera que estaba sirviendo la leche parpadeó sobresaltada: creyó ver que las
pupilas del chico se volvían rojas de repente.
Entonces
ella, con un estremecimiento interior se dio la vuelta y susurró en tono muy
bajo:
–«Vade
retro, Satanás».
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La profecía |
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Los niños de San Judas |
Muy bueno.
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«Soy leyenda», de Richard Matheson, es la mejor novela de horror que leí en mi vida. La leí cuando tenía trece o catorce años. Aunque se llevó varias veces al cine, esas películas tienen muy poco o nada que ver con la obra maestra de Matheson.
Nota: Richard Matheson murió en junio de 2013. Tenía 87 años.
«Popsy», de Stephen King, «El vestido de seda blanca», de Richard Matheson, y «El niño que regresó de entre los muertos», de Alan Rodgers, son tres extraordinarios cuentos de horror protagonizados por niños.
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Dando la espalda a la cámara que lo estaba filmando (para un programa entregado a difundir historias tenebrosas como si fueran ciertas, para elevar el nivel de audiencia), un hombre contó que iba conduciendo por una ruta poco transitada. Era casi de noche. De pronto vio un automóvil detenido en medio de la ruta. El hombre se bajó de su coche y fue a ver qué pasaba. En los asientos de adelante vio a un hombre y a una mujer, ambos inconscientes. Al tocar varias veces al hombre, tratando de que volviera en sí, notó que tenía el pecho bañado en sangre, y que tanto el hombre como la mujer, presentaban profundos cortes en el cuello. Un momento después, horrorizado hasta el fin de sus días, soltó un largo y estridente alarido. En el asiento trasero, amarrado a su sillita, con una espantosa mueca de satisfacción en el rostro, y aún sosteniendo una daga filosa empapada en sangre entre las manos, había un bebé.
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Saludos.
Muchas gracias Carlos por compartir esto!!! Se me puso la piel de gallina después de leer la historia, y pienso conseguir la novela que nombrás "Soy leyenda", porque no la he leído todavía... Seguro que me encanta,
Eliminarun abrazo!
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
ResponderEliminar¡¡¡Muchas gracias por lo compartido, Carlos!!!
EliminarQue tengás un buen fin de semana,
un abrazo.