domingo, 28 de septiembre de 2014

Una vez al mes



Es inevitable. La veo entornar los ojos con aire especulador cuando aparecen las dos vecinas gordezuelas y parlanchinas del edificio de enfrente sacudiendo sus plumas.
Intento convencerla de que no importa, que lo deje estar; pero no hay caso, sé que es una provocación constante a su sensibilidad el desfachatado pavoneo cotidiano de aquellas dos, entre chillidos y miradas de reojo hacia nuestra ventana, mientras al otro lado del cristal mi pequeña clava en ellas su mirada temblando de indignación.
Ella es hermosa. Ya sé que no soy objetiva, qué más da. Mi intrépida y díscola hermanita es quien se lleva las miradas de admiración de los amigos de nuestra madre. Y del resto de la familia, claro está. Algunos intentan disimularlo un poco delante de mí, alabando mi carácter discreto y sosegado, en abierto contraste con el suyo, caprichoso y aventurero. Pero yo sé lo que piensan, lo noto en sus expresiones de embelesada sorpresa, cada vez que ella aparece. Morena y esbelta, sus redondos ojos verdes destacan más aún en un rostro digno de una princesa. Dirán que exagero. Pues no.
¡Por fin! Se aparta de la ventana. Imagino que las vecinas habrán dejado de dar el espectáculo, entrando finalmente en el edificio. Aunque no sé qué es mejor: cuando atisba por las ventanas o cuando se aventura a incursionar en la vieja buhardilla.
Debo reconocerlo: a mi también me entusiasma el sitio. Es uno de los más interesantes de la casa. Exceptuando la cocina y los jardines, por supuesto. ¡Ah! No lo he dicho aún: hace unos meses nos hemos mudado. Antes vivíamos con nuestra madre en un pequeño apartamento de pocos metros cuadrados, con unos ventanales increíbles que daban a la concurrida calle. Allí mi hermana cogió el gusto por descubrir “nuevos mundos”, y de paso hacer amigos y adversarios a través del cristal de la ventana. Cualquiera podría dudar de lo que digo; puedo asegurar que es verdad. La pequeña con su mirada de láser se ha dedicado a vigilar, en las interminables horas de la siesta, a los incautos transeúntes y vecinos inconscientes del control al que eran sometidos a diario. Y “si las miradas pudiesen matar”… Más de uno habría caído fulminado como por un rayo…
Bien, dicho esto, vuelvo ahora a nuestra recién estrenada casa. También posee ventanas que dan a un mundo maravilloso, esta vez multicolor a causa del exuberante jardín que rodea el edificio, y más allá, desde la altura de la buhardilla, una línea mágica que dibuja el horizonte: el mar. Por este motivo mi madre adquirió la casa. Además del jardín y la gran chimenea del salón, el estilo rústico de las vigas vistas del techo y la calidez que en general transmiten sus paredes, lo que la enamoró definitivamente de este sitio fue su cercanía con el mar.
Era un sueño largamente albergado en su corazón, que por fin logró hacer realidad hace pocas semanas.
Mi hermanita y yo estuvimos dispuestas desde el principio a aceptar el nuevo hogar, y la razón principal es que adoramos a nuestra madre. Con la absoluta seguridad de que el sentimiento es recíproco. Desde que puso sus ojos en nosotras por primera vez, lo noté muy dentro de mí: era amor. De modo que cualquier cambio exterior en nuestras vidas, para mejor o peor, es serenamente tolerado, sobre todo por mí. La pequeña protesta un poco, pero finalmente lo acepta también.
Por esta razón si bien la mudanza nos desconcertó bastante al principio, ahora estamos encantadas. Y ambas hemos decidido, sin intercambiar palabra, cuál sería nuestro refugio secreto: la buhardilla.
El plan materno en principio era convertirla en un estudio, así que trasladó allí la biblioteca; pero por un motivo indefinido cambió de opinión e instaló sus cosas en una pequeña habitación de la planta baja. Esto ocurrió la semana pasada, y yo no hice ningún comentario, aunque la pequeña no podía disimular su entusiasmo. La buhardilla era nuestra. La compartiríamos, por supuesto. Con quienes habitan la casa desde antes de nuestra llegada. No lo he dicho hasta ahora, pero yo sólo los percibo. Mi hermana los ve. A los fantasmas.
La primera noche en la casa los sentí. Un aroma fresco, mezcla de citrus y flores, acompañado por un suave tintineo. Estábamos en la cocina, y ambas escuchamos lo mismo.  Silenciosamente dejamos a nuestra madre distraída cocinando mientras subíamos las escaleras en busca del origen de todo aquello.
En el umbral de la pequeña estancia supe instintivamente que no eran ratones. Escudriñando en la penumbra comencé a entrar, y el olor se hizo más intenso. Miré a la pequeña, que permanecía inmóvil y callada, con los ojos fijos en un punto de la habitación. Aquello confirmó mis sospechas. Los estaba viendo.
Son dos. Un niño y un hombre joven.
Existe una regla básica de comunicación con los fantasmas. Los podemos ver, o sentir; pero no podemos hablar con ellos. Y aunque quieran decirnos algo, no comprendemos su lenguaje. Así que buscamos otros modos para poder comunicarnos con ellos. Bueno, en realidad quien lo hace es mi hermana. Yo cuando noto la “presencia”, prefiero apartarme y buscar otro sitio donde entretenerme… ¿Por miedo? Desconfianza, quizás. Las vibraciones del otro mundo me resultan siempre incómodas. En cambio la pequeña asume la presencia del más allá con mucha naturalidad. Su mirada se vuelve extrañamente intensa, los ojos de un color verde agua casi traslúcido; todos sus músculos se inmovilizan, y a la vez están expectantes ante algo que sólo ella puede ver. Todo esto ocurre en el primer segundo de la aparición; luego es capaz de comunicarme lo que ve, como en el caso de los dos habitantes de la casa. El niño tiene unos seis años, más o menos, y es rubio y delicado, con dos graciosos hoyuelos en las mejillas al sonreír. Me ha comentado que al darse cuenta de que ella podía verlo, ha mostrado mucho entusiasmo.
Respecto al joven, no me ha podido decir gran cosa. Moreno y melancólico, parece ser que no se ha mostrado muy interesado en hacer nuevas amistades… Y como ella está acostumbrada a provocar el efecto contrario en los demás, imagino que la actitud de este fantasma la habrá desconcertado.
No he querido ahondar en el tema, pero yo sí he notado algo más…
Mis percepciones son intensas, aunque no se traduzcan en imágenes; o quizás por esta misma razón. El joven no es como el resto de espectros que he conocido hasta ahora. Está rodeado de un aura de tristeza que no surge de él; es como si su presencia atrajese, como un imán, el sufrimiento de otros. Al notarlo, no puedo evitar estremecerme y alejarme. La pequeña insiste en que no nota nada malo en él. No, no es malo; sólo que arrastra mucho dolor consigo. Por eso no me gusta hallarme cerca. Y me preocupa que se acerque a nuestra madre. Creo que él lo sabe. Su oscura presencia  permanece junto a la ventana de la buhardilla, como esperando algo, dando la espalda a los que nos hallamos dentro.
Se ha establecido una especie de rutina entre nosotros: a la hora de la siesta mi hermanita suele jugar con el niño, mientras yo permanezco en el estudio, observando trabajar a nuestra madre. Cuando aparecen las primeras sombras de la tarde, subo a la buhardilla con ellos, viendo cómo se entretiene la pequeña con su amigo invisible y vigilando al inquilino oscuro…
Hasta anoche. Ocurrió hacia la medianoche, en el jardín. Suelo recorrerlo mientras todos duermen, y deleitarme de ese momento íntimo, cuando la noche derrama su magia y hace que todo se intensifique: la fragancia de las flores, el murmullo de los insectos y mi propia visión de las cosas…
Por ese motivo anoche estaba allí, invisible entre las sombras, y sabía que la pequeña no andaría lejos. Entonces comencé a sentirlo. El olor de la muerte. Por donde él pasaba, todo lo que rozaba con su aliento se marchitaba y caía, formando un sendero de esqueletos de flores a sus pies…
Quería huir de allí, pero descubrí horrorizada que mi hermana se había acercado a él, como hipnotizada. Grité que se apartara, y fue entonces cuando él se dirigió a mí, murmurando quedamente, intentando calmar mi angustia.
No estaba interesado en nosotras; tampoco en nuestra madre.
Se hallaba allí por el niño, intentando vencer su temor a abandonar la casa.
Hacía ya mucho tiempo que debían haber cruzado el puente que comunica los mundos, pero el pequeño se resistía a dejar atrás sus juguetes. A mi pequeña hermana le encantó el desafío que suponía lo que nos acababan de revelar, pero puso una condición al oscuro inquilino: los primeros días de cada mes traería de vuelta al niño, a la hora de la siesta.
Tras el arreglo, no le costó mucho convencer al pequeño fantasma para que salieran juntos a jugar al escondite en el jardín.
Creo que nuestra madre intuye algo. Ante el desconcierto de las visitas, que en invierno suelen contemplar el nevado jardín desde la ventana, ella esboza una secreta sonrisa cuando todos lanzan exclamaciones de asombro al ver, en el paisaje invernal, cómo sus dos gatas corretean siguiendo el vuelo de una pequeña mariposa azul.

Esto ocurre todos los primeros días de cada mes…


Nota:
Este relato está inspirado en mis dos gatitas, Catita que ya es un ángel, y Azucena, mi panterita azul...

4 comentarios:

  1. Muy buena historia, original e intrigante... me has tenido absorto hasta el final...gracias por compartirlo¡¡¡nos leemos¡¡

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    1. Muchas gracias por tus palabras Francis, me alegro de que te haya gustado.
      Un abrazo.

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  2. Gracias por el relato. Precioso mi Fabi. Mil besos

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    1. Muchas gracias Clarita, un besote inmenso para vos!

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